2025-11-07
Héroes y heroínas olvidados
Por: Santiago Zambrano Simmonds
Colombia siempre un país convulsionado que no ha
podido tramitar sus diferencias de una mejor manera y donde generalmente se
premia a quién no lo merece y olvida a quienes con valentía y heroísmo la han
defendido.
Cumplidos cuarenta años de la toma del Palacio de
Justicia, es nuestra responsabilidad no olvidar toda la gente que fue víctima
de tan desproporcionado hecho, tanto en la toma como la retoma. No debemos
olvidar ese hecho irracional y violento en el que murieron al menos 100
personas, entre ellas 11 magistrados de la Corte Suprema de Justicia, personas
de reconocida probidad y valía.
Sin embargo, pese a tan triste momento de nuestra
historia y de tanto drama humano, se debe resaltar superlativamente la actitud
ejemplar de la magistrada Fanny González Franco que aún en momentos donde
sentía cerca la muerte, no flaqueó en sus principios, en sus convicciones y
quien con admirable valor, supo siempre que su cargo era una dignidad, pero
también una responsabilidad hacia la sociedad.
Solo una persona gigante en un momento tan azaroso y
de tanto miedo es capaz de decir: “Yo no vine a la corte a llorar ni a suplicar
clemencia” y antes de colgar con su hermano ante el llamado incesante de los
guerrilleros para que abriera la puerta le dijo: “muero defendiendo la justicia
colombiana”
Esta caldense ejemplar fue la primera mujer graduada
como abogada de la Universidad Pontificia Bolivariana y también la primera
mujer magistrada de la Corte Suprema de Justicia.
Puede que para la historia universal plagada de
asedios y tomas brutales, de heroísmos civiles y militares como Cartago,
Constantinopla, Bagdad y recientemente en el siglo XX, el del Alcázar de Toledo
y la frase memorable del entonces coronel Moscardó o el de Satalingrado y la
resistencia en la “Casa de Pavlov”, la
toma y la retoma del Palacio de Justicia en Colombia pueda ser un hecho de menor
trascendencia, pero desde el punto de vista de valor y estoicismo, lo hecho por
la magistrada González es de proporciones similares.
Han pasado 40 años y Colombia sigue sin reconocer su
historia, aún no se sabe toda la verdad, se perdieron documentos valiosos
incluso el proceso que se le llevaba a los cabecillas del M-19, sumado al
indulto que se les otorgó en 1992 sin que se dijera la verdad y también por la
poca claridad en las investigaciones por la torpe y brutal retoma.
Si Colombia reconociera su historia, tal vez el
proceso de paz que posteriormente se hizo con las Farc hubiera tenido otro
rumbo, pues tanto ahora como antes no ha habido ni verdad, ni reparación, ni
garantías de no repetición. En ese entonces como en el 2016, pudo más el anhelo
de paz sin prever las consecuencias, recordemos que todo el estamento político
de aquel entonces incluido Álvaro Uribe, quien fue el ponente de la ley de
indulto, no previeron que esas concesiones se deben dar, pero previo a decir la
verdad, es lo mínimo que se merecían las víctimas incluidas los guerrilleros
muertos. Tal vez nunca se sabrá la verdad y cada cual tomará su versión de como
mejor se adapte a su ideología, pero sin que cicatricen las heridas.
Lo que por lo menos si debería hacer Colombia, es realzar
comportamientos de entereza moral, valentía y determinación por la defensa de
la institucionalidad, como el de la magistrada Fanny González Franco y como el
de otros muchos servidores públicos anónimos que ni en las situaciones más
adversas quebraron sus principios, destaco por ejemplo, los muchos jueces de
los pueblos en la década de los 80, que con sus vidas y en absoluta soledad enfrentaron
al narcotráfico y la guerrilla. Aquí vale la pena citar la frase de otro de los
magistrados inmolados Ricardo Medina Moyano, abogado de la Universidad del
Cauca quien decía: “Lo primero que se debe esperar de un hombre es que esté de
acuerdo consigo mismo”
Por no reconocer su historia y dignificar a nuestros
héroes y heroínas es que se volvió costumbre, como nunca, premiar a los que con
argucias llegan al poder público, sin que las nuevas generaciones tengan referentes
morales, pensando que siempre todo fue una podredumbre, que no existieron
personas que hicieron las cosas bien, que no flaquearon ante el dinero, la
codicia e incluso la misma muerte. Tal vez por eso estamos condenados a repetir
incesantemente nuestra violenta historia.